ANÁLISIS A LA POESÍA METAFÍSICA DE MANUEL RUEDA

Por Bruno Rosario Candelier

“Entonces yo supe por la muerte
que había prisa por vivir”.
(Manuel Rueda)

Manuel Rueda es una de las figuras cumbres de las letras dominicanas. Oriundo de Montecristi, nació en 1921 en ese pueblo que lo vio crecer y tiene el privilegio de haber anidado durante diez años a uno de los espíritus superiores de la creatividad poética. Los primeros diez años de la existencia de una persona son fundamentales, ya que en esa etapa de la vida recibe calor afectivo, formación espiritual, educación hogareña e instrucción escolar, con el influjo de la tierra y el impacto del ambiente y la cultura mediante la sustancia física, emocional y espiritual que da sentido a la vida. Esa huella primordial que se experimenta en la infancia, conforma la base de la personalidad y determina varias facetas intelectuales, psicológicas y conductuales. En el caso de Manuel Rueda, que se nutrió de esta tierra singular y respiró el aire de Montecristi, se dio un fenómeno peculiar como escritor, ya que su obra literaria se inspira en las vivencias de su infancia. Piensen en su propia vida y evoquen su infancia y podrán apreciar el impacto de la experiencia infantil en su sensibilidad y su conciencia.

Hay vivencias entrañables, singulares y peculiares, que marcan un rumbo a la vida. Esas vivencias, intransferibles e insoslayables, influyen en el desarrollo de la imaginación, la inteligencia y la sensibilidad, de tal manera que los que nos criamos en el campo -quien escribe se crió en Guaucí, un campo de Moca-, crece en un ambiente donde se escuchan historietas de leyendas y fantasmas, cuentos de brujas y aparecidos que alucinan la imaginación con episodios fantásticos y ocurrencias espeluznantes. Recuerdo escenas macabras, anécdotas miedosas, cuentos horripilantes en los días de mi infancia, escenificados en parajes rurales sin luz eléctrica, pues en la época y el campo donde me crié, aún no habían llegado los avances de la civilización. Cuando íbamos a los ríos a bañarnos o a marotear a las fincas de las plantaciones lugareñas, cuando competíamos en los juegos infantiles con los compañeros o cuando escuchábamos los relatos increíbles de cuentos de caminos, de duendes y fantasmas que se paseaban por los caminos y entraban de noche a la casa o de las ciguapas que se metían en las cocinas a buscar alimentos y de los perros que al ladrar parecían lobos aullantes en medio de la noche inmensa, el miedo se adueñaba de nuestra imaginación. Pues bien, similar experiencia vivió Manuel Rueda y la rememora con detalles asombrosos en su creación poética mediante la creación de imágenes apocalípticas plasmadas en estrofas inspiradas en la vida y la historia de su Montecristi natal.

Ignoro la calle donde vivió Manuel Rueda en este pueblo noroestano, pero leí con atención La criatura terrestre, libro de poesía donde el poeta evoca historias tremebundas, leyendas impresionantes de sus antepasados, fábulas relatadas por las tías con las que se crió y algunos episodios familiares que dan cuenta de una fecunda imaginería poética, que nuestro poeta evoca y transmuta lírica y poéticamente los hechos que coadyuvaron a la gestación de una sensibilidad estremecida y una inteligencia sutil.

El poemario que publicó con el nombre de La criatura terrestre es su primera obra, impresa en la capital dominicana en 1963.

Ahora bien, ¿qué particularidad tiene La criatura terrestre, esa singular obra poética escrita por un poeta que evoca su infancia y articula sus imágenes con un lenguaje culto? ¿Qué atributos le dan categoría de obra maestra a esta singular creación poética cuya temática se inspira en hechos de la infancia? No se trata de una obra popular sino culta, con una carga literaria impregnada de imágenes elocuentes y símbolos densos y sugerentes, con el caudal de formas y recursos compositivos que entrañan los altos niveles de alusiones crípticas y referencias culturales, porque Manuel Rueda alcanzó una sólida formación intelectual y estética para escribir una obra literaria de alta significación
y trascendencia. Nuestro agraciado poeta desde niño entendió que sería artista, inclinación de su sensibilidad estética que canalizó en la música y la literatura, doble vocación que asumió con particular empeño, de manera que, ya adulto, escribió narraciones y poemas con cuya sustancia temática vuelve al pasado, a su Montecristi natal mediante la evocación y el recuerdo atesorado en su memoria, o a la ciudad de Santiago de Chile, donde estudió música o estando en Santo Domingo, donde se radicó y se incorporó al grupo de la Poesía Sorprendida. En sus poesías fluyen las vivencias de su infancia experimentadas en su pueblo amado. Y al contar las historias que conoció en su tierra natal
y el impacto que conformó la gestación de su sensibilidad mediante el influjo de la realidad telúrica y familiar, podemos apreciar la huella de las vivencias entrañables en esa etapa inicial de su vida, que rememora en la edad adulta para asumirla como sustancia de su creación, convirtiendo esas vivencias en fuente de datos significativos, emotivos y trascendentes. Cuando un hecho particular se convierte en una experiencia que nos marca para siempre, recordar ese hecho, perfilando los momentos de ansiedad o alegría que vivimos cuando niño, el creador busca la manera de valorar esa experiencia, que su talento intuitivo le permite encauzar a través del arte y la creación poética, mediante una obra cuya calidad puede darle la categoría de un texto paradigmático en la literatura.
A mí me duele que un pueblo como Montecristi, como acontece también en otros pueblos del país, no conozca la obra literaria de Manuel Rueda como debiera asumirse, con una particular veneración por la honda significación de su contenido y la alta calidad de su escritura, cuya categoría estética está avalada por sus atributos literarios y sus referencias simbólicas. Cuando a los grandes escritores no se les da el puesto y el reconocimiento que merecen en función de lo que aportan, indica el escaso grado de conciencia literaria y de conciencia cultural de sus conciudadanos. Voy a ponerles un ejemplo del presente para no ir al pasado. El señor que está sentado en esta mesa de honor se llama Ángel Rivera Juliao, que vivió durante doce años en este pueblo montecristeño y que ha escrito una obra literaria de valiosa significación, pues se acerca al nivel de calidad alcanzado por Manuel Rueda. Por el valioso testimonio de su creación, merece reconocimiento y admiración. Pues bien, nosotros, que formamos parte de la cultura de Occidente, somos herederos de la antigua cultura griega, en la que se trataba a los escritores con especial respeto y singular veneración porque entonces se creía que los poetas eran elegidos de los dioses como interlocutores entre los hombres y la divinidad para canalizar a su través el torrente de verdades provenientes de la cantera espiritual del infinito. Las potencias del Universo, a las que llamaban Musas, usaban a los poetas como amanuenses del Espíritu para transmitir verdades de la Sabiduría Espiritual de la memoria cósmica y esas verdades tienen variadas vías y maneras de plasmarse a través del arte, el pensamiento y la espiritualidad, mediante la creación poética o la inspiración musical. Menciono la música y la poesía porque Manuel Rueda era músico y poeta. Escribió varios libros de poesía y varias partituras musicales, pues además de cantor de la palabra, también fue un destacado artista del piano y compositor musical. En este poemario que el poeta montecristeño dio a conocer con el nombre de La criatura terrestre, que estamos comentando en este coloquio literario del Movimiento Interiorista, los poetas y amantes de las letras de esta comunidad deben conocerlo por la belleza de sus imágenes y el sentido de su trasfondo conceptual, aspectos claves de toda creación poética.
Este fue su primer libro y en la primera obra de creación de poesía o ficción suele figurar, abierta o solapadamente, la clave de la obra futura de un creador, ya que en la opera prima de un escritor se manifiesta el talante de su sensibilidad de una manera genuina, singular y diáfana. En La criatura terrestre hallamos lo que significó Montecristi para este grandioso poeta dominicano. La significación emocional, espiritual y cósmica de Montecristi en la sensibilidad de Manuel Rueda se aprecia en el influjo de la tierra, en la huella del hogar y en el impacto del ambiente y la cultura de este pueblo en su espíritu. El lugar donde nacemos nos inyecta, mediante los fluidos de la tierra y los efluvios del aire, el aliento de la Naturaleza y la energía del ambiente y del espacio, singular fuerza telúrica y numénica que conforma nuestra sensibilidad y troquela nuestro talante. Se trata de una inyección física y metafísica: una inyección física a través de los alimentos que nos nutren; y una inyección metafísica a través del aliento espiritual de la cultura, que nutren el alma y nos marca con su peculiar acento, pues hay una entrañable relación, física y espiritual, que determina nuestra sensibilidad y configura nuestra vinculación con el espacio circundante allí donde crecemos, razón por la cual experimentamos de manera inminente e inexorable un vínculo entrañable con la tierra que nos vio crecer. De tal manera, que todo el mundo experimenta, por esa relación con el terruño natal, un especial sentimiento de empatía por su pueblo y, en tal virtud, siente que su pueblo es el mejor del mundo, en razón del vínculo empático entre su espíritu y la realidad física de su entorno, lo que produce una vinculación entre la sensibilidad del autor, la tierra, su historia y su cultura.

Los antiguos romanos inventaron una palabra para referirse al impacto que recibimos en la sensibilidad por el influjo procedente de la tierra. Del vocablo latino telos/teluris, se formó la palabra telúrica para aludir al influjo físico y espiritual que la tierra ejerce en la sensibilidad. De ahí la fuerza del aliento telúrico, con su impacto emocional, afectivo y espiritual en nuestra conciencia. Ese influjo que procede de la tierra cuyos efectos repercuten en nuestra manera de ser son tan intensos que hasta físicamente los dominicanos se distinguen de los haitianos, así como los mexicanos se diferencian de los norteamericanos, distinción que se opera no solo por la diferencia del lenguaje y la cultura,
sino por la configuración del semblante físico. La tierra impacta en nuestra sensibilidad, modifica nuestro talante en virtud de aliento telúrico, de tal manera que la primera manifestación que podemos apreciar en la poesía de Manuel Rueda es la huella de la tierra, como se aprecia en su creación lírica y estética.
La primera huella entrañable que repercute en la sensibilidad es el aliento telúrico, es decir, la fuerza de la tierra procedente de sus fluidos, físicos y visibles, así como los efluvios metafísicos e intangibles, provenientes del aire. Una manera de comunicar poéticamente lo que la tierra significó en su sensibilidad y su conciencia, como se manifiesta en la poesía de Manuel Rueda es la presencia de su suelo natal en su poesía. Haber nacido en Montecristi marcó su sensibilidad espiritual y estética, ya que el primer influjo es el impacto que la tierra ejerce en la sensibilidad, que nos marca para siempre física y metafísicamente. Una marca física y metafísica en atención al influjo material y espiritual, como se aprecia en los siguientes versos de La criatura terrestre:

Bajo su fuerza estoy.
No lo conozco
pero sé que él me sabe aquí,
me espera con los brazos desnudos, !verdaderos!
Dar al hombro a las ráfagas: nacer.
Pasar por entre un cerco de dolores hasta dar con luz.
Alguien cantaba y lloraba.
Me izaban a la vida con vendas,
me extraían de la tierra
como a una piedra dulce y soñolienta.
Levantaba los brazos y era el cielo,
los follajes secretos que entreabrían
de pronto sus caminos donde sólo yo pasaba,
absoluto, sin recuerdos, ceñido a una tormenta,
a un confuso revuelo de cobijas y relámpagos,
anegado en la sangre y en la leche,
buscando con los pies la santa tierra
que me había subido por los poros
hasta darme el sabor que había en mi lengua
antes de todos los sabores, antes,
como lo que me sube en una oleada de verdad
cuando canto y estoy solo,
y amo y me olvido y canto
y busco al hombre por su olor
y llevándolo a mis labios siento que me completo,
que era eso lo mío, mi sabor, la tierra entera.
Ese sabor lo traje.
Fueron luego los alimentos.
Fue la luz primero junto al sabor a leche, sangre y miedo.
Junto al sabor de tierra que ya había en mi boca nutrido,
fue el hallazgo de la luz y la leche en los mellizos
vasos que en el amor se rebozaban.
Y me aprendí la vida en aquel blanco rocío paladeado,
gota a gota extrayendo delicia de pezones adoloridos,
hondos recipientes por mi voracidad trizados,
cuencos que perdieron belleza entre mis labios.
Brazos me levantaron e hice el viaje cantado,
sostenido, aupado, en rueda de parientes,
de un valle a una montaña,
de un regazo a otros senos respirantes,
pataleador, ligero, amonestado por varones barbados,
por mujeres que dejaban caer en mis orejas
frases de amor, palabras desvaídas,
cual si quieran penetrarme prontamente,
marcarme con sus señas, dar a mi cuerpo
el color de sus afanes.
Silabeador, gorjeante, sorprendido
entre tantos conjuros y domésticos ritos de buen vivir.
Sentí a los seres desde el amanecer, y aún dormidos,
extendiéndose en brazos y quejumbres,
peinándose sin ojos,
sólo dedos sonámbulos bajando por las greñas.
Me aprendí la palabra y abrí el tiempo con ella.
¡Mi poder! El sí y el no,
las silabas y el mundo conquistado.
Fui el nombrador de cosas ya nombradas.

Hay un segundo aliento impactante, presente en la poesía de Manuel Rueda. Ese aliento fluye en cada uno de nosotros en virtud de un influjo espiritual muy poderoso, que recibimos a través del aire. A ese influjo espiritual le llamo aliento numénico, palabra que se deriva de Numen. Para los antiguos griegos, el Numen era la fuerza espiritual que recibimos del aire, porque a través del aire nos llega una onda, un efluvio, un aliento que nutre nuestra alma de un modo intangible. Misteriosamente, no sabemos cómo llega a nuestra alma, pero es una realidad el influjo del aire en nuestra sensibilidad y en nuestra conciencia. En la mentalidad de los individuos y los pueblos, en la esencia de todas las culturas, existe un aliento numénico. Es decir, la fuerza del Numen inyecta una energía espiritual procedente del Universo. Como criaturas de la Creación, formamos parte de la totalidad de lo viviente. Tenemos una constitución física y una composición metafísica, de carácter espiritual.

Por eso tenemos una personalidad física y una personalidad metafísica. A través de la dimensión espiritual recibimos el influjo que viene del aire, de la trascendencia, que es el aliento espiritual del Numen. Es importante saber cómo el creador de poesía y ficción, además de la dimensión social y estética, halla una dimensión física y metafísica para explicar su relación con lo viviente, vinculación que se plasma en la creación poética, nexo que es consecuencia del aliento telúrico y numénico en la sensibilidad.

Esa relación con la dimensión material y espiritual de lo viviente es el aliento que se canaliza a través de la tierra y del aire. El poeta decía que el aire que pasaba sobre él era el tiempo.

Veamos cómo lo expresa Manuel Rueda en La criatura terrestre:

Era el momento decisivo de mirar
y decirle a todo: “Espera”,
y de saber cuán bueno era que nada nos esperase.
¡Oh mundo renovado!
¿Por dónde estaba el agua entonces?
¿Dónde fluía de otros senos pétreos, ella,
la arrulladora y ágil, la dormida de sí,
del propio son, de él despertada,
donante y gananciosa: aire, luz, suelo,
fundidos en el sorbo que nos quema y anonada?
¿De dónde provenía, viajera?
Huraña y mansa, mas vertiendo su cantinela
en viejos tinajones que exudaban frescura,
el agua muerta de no ser por la queja de su entraña,
por el silbido agudo de sus ecos,
su diapasón vibrado por el aire.
Así el jarro la toca, y ¡qué gemido!
Luego le conocí los derrotes, los boscajes y brechas,
sus nidales de emplumado animal que borbotea,
sus cavernas que huelen a luciérnagas
donde el cuerpo se pudre si se aquieta
y donde el pensamiento echa su moho secular.
El silencio es hondo y blando allí,
duerme en los vellos secretísimos,
hunde el gris en el hueso y lo amedrenta.
Llegué entonces al río de mi infancia.
Volví entonces al mar: hombres y barcos,
lucha del horizonte con mis ojos.
Las gaviota y el pez, las blancas velas,
los cabeceantes botes
(sus vaivenes a flor de agua),
¡cuán lentos y vacíos!
y el sol duro en la calma fluctuadora.
¿Qué cosa era esperada por la tácita ladera fluvial?
¿Qué entre las rocosas derivaciones
y las sacudidas del oleaje?
¿Alguien debía venir?
Si alguien salir, al fin, ¿hacia qué lados?
Fue la historia del agua lo que tuve,
su secreto temblando en ese vaso primero, natural,
que alguien le daba a mi garganta cada día.
Goce de agua y de canto que mi sed quería.
Y me puse a crecer junto a las aguas.
Algo pasaba sobre mí: era el aire.
Algo pasaba sobre mí: era el tiempo.
El cauce apresurado de los hombres,
la corriente incolora que los sume
en la noche otra vez, entre los valles,
en oscuras orillas donde se oye
aletear a los monstruos, en caminos
donde los reyes postran su corona
y el mendigo se sienta a descansar,
a descifrar el viento entre sus ropas.

Una manera singular de señalar y perfilar el efecto de la tierra, el agua, el fuego y el aire en la sensibilidad y la conciencia, la forma como imprimen su huella
en la sensibilidad física y espiritual, que se profundiza en el vínculo que, desde su intimidad, establece el poeta con la esencia de lo viviente. Esa es una vertiente extraordinaria
en esta valiosa obra de Manuel Rueda, La criatura terrestre, dimensión que se vincula con la faceta religiosa de la cultura. Manuel Rueda era un hombre religioso, como lo somos los que hemos recibido una orientación espiritual desde la infancia en el hogar. Manuel Rueda escribe y trata de plasmar el aliento religioso de su sensibilidad. Uso la palabra “religioso”, con el sentido metafísico que ese vocablo entraña, no en el sentido ordinario, ritual y doctrinario, de una confesión dogmática. La religiosidad, en su sentido filosófico, se refiere a la conexión que nuestra sensibilidad establece con la totalidad de la Creación, con la esencia del Cosmos, con la energía interior del Universo.

La palabra “religión” significa ´conexión´, ´vínculo´, ´ligazón´, pues de la palabra latina religare, ´ligar´, ´unir´, viene religión. El universo entero es un entramado único, articulado y compacto mediante la sustancia espiritual que lo conforma. Todo el vínculo entrañable que experimentamos desde la sensibilidad profunda con la esencia del Universo alienta la sensibilidad y la conciencia. Ese vínculo con la sustancia de lo viviente alienta el arte, la ciencia, la filosofía, la religión, la poesía y la espiritualidad.

Y entonces quien tiene sensibilidad estética plasma esa vinculación entrañable con la esencia de lo viviente, sintiéndose uno con la esencia de la totalidad.
Esa es una enseñanza que la poética conlleva, cuando se manifiesta esa relación en la conformación de la poesía metafísica, como se plasma en esta singular creación poética de Rueda:

Como frutos guardados en bandejas de alabastro,
como tierra abonada a los sonidos,
así oía laúdes en corrientes de plata reclinados.
Y volcanes seráficos:
toda la geología, los perfiles del astro, mar,
el mar meciendo tu riqueza de navío que no arriba,
que mece, que es cadena azul, que es muslo azul,
ágil sobre otro muslo tembloroso.
Esa eclosión del agua,
esa pradera de diamante que late,
esos espesos fondos donde la luz
es el esfuerzo de la velocidad y de la sombra
en un último golpe de premura,
han espesado el germen hasta el grito,
hasta tallar el hueso, el esqueleto amargo.
Allí es dureza la distancia,
blancura el ímpetu de la gaviota
y la ola quietud, vuelo, esperanza.
¡Oh esqueleto del mar,
blancor intenso y escondido!
¡Oh mar, de ti salía como los viejos fósiles,
a hacerme una carne a la luz grata del cielo,
chorreando gotas claras y veloces.
Y otras vez las bodegas, los silencios.
Y entonces los ramajes, el arribo frutal, las bendiciones.

El poeta no vivía al margen de la realidad sociocultural, sino inmenso en ella para asimilar, como efectivamente asimiló, la onda espiritual de su cultura
y supo penetrar en la raíz de la lengua para apreciar la honda dimensión humana, estética y metafísica:

Fue saber que había hombres y mujeres
diseminados por la tierra,
seres con su destino en las espaldas,
hijos de los caminos y de las montañas.
Fue saberlo y dolerle el corazón al punto.
Fue saberlo y contemplarse,
tener vergüenza de sus languideces,
de los leves pañuelos y los albos trajes almidonados,
del zapato crujiente y lucidor de los domingos
cuando las niñas vuelan y sonríen
en bandadas de pliegues y oriflamas,
picoteando los granos, arrobadas
en el río sonoro que las lleva
a crecer entre flores y carmines.
¿Qué era aquello sino la eterna lucha
por ser jóvenes siempre, por tener aleteando
la dicha junto a lámparas crepusculares?
La familia entera empeñada en hacernos otro suelo
que el de abajo,
y los hombres caminando sobre la tierra.
Y en la casa aromas de naranja y canela,
y los rosales en las macetas,
y el canario piando junto al piano,
y los hombres verdaderos sobre la piedra,
afuera, a sol y viento, combatidos y duros,
con sus llagas lamidas por el polvo y la intemperie.
En la casa los ángeles y lejos, cerca, los hombres,
las criaturas huérfanas, la criatura terrestre, verdadera…

El poema empotra el aliento emocional y la belleza lírica al sentido trascendente de una realidad que se asume como sustancia de un acento estético y simbólico.
Cuando el poeta se estremece entra a un nivel de significación emocional, de sensibilidad estética y de hondura interior. Entonces puede articular, mediante imágenes arquetípicas,
una visión metafísica de lo viviente. Una faceta importante en su obra es esa onda espiritual que ilumina la conciencia.
Es la dimensión interna y esencial de lo existente, la dimensión profunda que tiene todo lo que existe
con la que el poeta se siente penetrado por la energía de lo viviente, emocionalmente compenetrado con el alma de las cosas, con las flores y el agua, con la tierra y su gente, con las emociones espirituales y la connotación estética que experimenta desde el hondón de su interioridad. Se trata de canalizar una singular relación con lo existente. Los niños, los místicos
y los primitivos (y dicen algunos que también los locos), tienen una singular capacidad para entrar en sintonía con la esencia de las cosas. Los niños tienen una sensibilidad abierta
y empática a lo viviente. Y los contemplativos y los iluminados también tienen esa especial sintonía con lo real, con la esencia de las cosas, en cuya virtud establecen una peculiar relación
con la realidad esencial de cosas, hechos y fenómenos cuando la energía interior de su conciencia entra en comunión con la energía interior de la cosa; entonces, se despierta la chispa
de la creatividad; entonces, se da un fenómeno especial de conciencia, que la sensibilidad capta y la mente desata la capacidad creativa para testimoniar esa singular vivencia
de la conciencia, que la palabra formaliza en la creación poética, como lo evidencia este hermoso poemario de Manuel Rueda. Por esa alta percepción de las cosas,
escribió Rueda en otra parte de este memorable poemario:

Yo empecé a ver el rostro de los míos.
Existían.
Vivían de morirse
sobre comodidades extinguidas,
sobre almohadones que ya nadie usaba
y salones cerrados donde,
único huésped,
se enseñoreaba el polvo,
el lento polvo de la provincia
que filtraba por las paredes con sus alas finas
y aquietábase allí en los pañolones bordados por difuntas,
en los labios apenas sonreídos de los dioses familiares:
matronas olvidadas, generales valientes
cuyos actos de valentía hundiéronse en la historia.
Así pasaba el polvo como un poco de olvido más.
Y yo entreabría apenas los cortinajes para verlos,
quietos en sus tumbas de hoy…

Dije al principio que Manuel Rueda escribió este libro amasando la sustancia del recuerdo y amansando los fantasmas de cuanto vivió como niño en Montecristi. Eso es lo que él hace en este libro. Recordar lo que vivió en la infancia para darle forma a sus vivencias entrañables. Él no escribió este libro para los niños, sino para los adultos, y desde su condición de adulto, desde su condición de hombre sensible, le dio un sentido estético y metafísico a esas vivencias de la infancia. Fíjense que esa posibilidad está a nuestro alcance. Cualquier escritor puede hacer lo mismo, recoger el pasado, amasar las obsesiones y vivencias y convertirlas en sustancia de la creación. Ahora bien, la obra de creación tiene naturalmente un sentido, porque se escribe con un fin. Recientemente vi un anuncio por la televisión de un vehículo hecho en Norteamérica. Se trataba de un carro o coche de la Chevrolet y ese anuncio me impactó, porque el vehículo habla y dice: “Sin ti, somos solo máquina”

*(Este es un material que recibí en una invitación al aniversario de La Academia de la Lengua, que el profesor Candelier expondría o en su ausencia el escritor Salvador Gautier)

About these ads